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CUANDO EL PODER SE SANTIGUA

En Cadereyta no se inauguró solo un negocio, se inauguró un mensaje.
El Alcalde Carlos Rodríguez llegó al evento, saludó, posó para la foto… pero no cortó el listón de inmediato. Primero esperó. Esperó a que un sacerdote diera su sermón, se persignó públicamente y entonces sí, ya con la bendición encima, procedió al acto oficial.
El orden no fue casual. En política el orden de los símbolos importa. Porque una cosa es que un ciudadano rece en silencio y otra muy distinta es que un Alcalde, investido de autoridad, integre un acto religioso a una función pública. Ahí ya no hablamos de fe personal, hablamos de mensaje político.
¿A quién le habló el Alcalde?
Primero, a la iglesia. El mensaje fue claro: «Aquí hay respeto, cercanía y espacio». Y la iglesia, hay que decirlo, no solo predica: organiza, influye y mueve conciencias. Segundo, al electorado tradicional. A la gente que todavía cree que un político persignado es un político honesto. El gesto no fue para Dios; fue para la cámara… y para el voto.
Tercero, a la clase política. El Alcalde dejó ver que no camina solo, que tiene respaldo social y simbólico. En tiempos donde la popularidad es frágil, arroparse con sotana da calor político, pero el problema no es la religión. El problema es el cargo.
México es un Estado laico, no por moda ni por capricho, sino porque la historia ya nos enseñó lo peligroso que es mezclar púlpito y poder. El artículo 130 de la Constitución no está ahí de adorno: marca una línea clara entre la fe y el gobierno.
Cuando un Alcalde permite que un ministro de culto encabece un acto previo a una inauguración oficial, y además participa visiiblemente en el ritual, se manda un mensaje incómodo: que el gobierno tiene religión… o peor aún, que busca aval divino.
¿Y los que no creen?
¿Y los que creen distinto?
¿Y los que solo quieren un gobierno que funcione, no que bendiga?
La autoridad se gana con resultados, no con agua bendita. Los permisos se otorgan con Ley, no con sermones. Y los gobiernos no están para salvar almas, sino para resolver problemas. En el barrio se dice fácil: cuando el político se arrima mucho a la iglesia, es porque anda buscando algo más que fe.
En Cadereyta, la señal ya se mandó. Falta ver si la ciudadanía la aplaude… o la cuestiona.

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